TRAFICANTE DE VERSOS:CAPÍTULO XI.

Abrió el cajón y regresó aquel niño solitario, siempre con un libro bajo el brazo, se ocultaba de quiénes la vida le otorgaron, para viajar en cada letra leída y soñaba que algún día la belleza guardada saliera a pasear por aquellas montañas. Recordó el momento en que su odio hacia las letras nació, deseo que aquel día no hubiera cogido esa inofensiva pluma que dejó al pequeño postrado tras una silla, él debía cuidarlo, era su responsabilidad, pero el amor a las letras le hizo distraerse del cuidado obligado. Sus progenitores nunca lo olvidaron, cada vez que una pluma empuñaba, un azote le regalaban. Empezó a odiar aquello que amaba y que tanto daño le había  otorgado. Rasoy, cerró el cajón con aquella vieja libreta y la torpe tinta ya seca, con la rabia de quién odiar, es el camino para calmar su alma. Sólo él conocía la verdad, su porqué, el sufrimiento y amor enterrado trás un elegante cajón. Ahora tenía el poder para acabar de una vez con él. Esperaba con impaciencia las nuevas noticias del que, la lealtad ensuciaba con traición y alevosía.
El timbre sonó, una sonrisa desbozo, pensando en la venganza que su alma oscura, albergaba.

– Hola amigo mío, espero que me traigas nuevas noticias, ¿ qué tal esa reunión? ¡cuentame!, ¿ ella estaba allí? …

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