UNA HISTORIA DE VALENTÍA

Ella cansada de tantas miradas, roces causales, sonrisas pérdidas.

Dejó el vaso dirigiéndo sigisolo caminar hacía aquel cuerpo, lo giró, miro a sus ojos, y lo besó con gran ternura.

Luego le susurró, dime ahora, ¡ que no sientes nada!,  apurando su paso en la huida.

Él atónito,  siguió su sombra y un espera, correspondió con unos labios apasionados.

Han pasado ya 50 años, sus miradas siguen en aquel bar, cada mañana.

(MIO XXXX)

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