Resto

Lo intentaron, pusieron la mordaza sin licencia sobre hombros. No esperó caza, se fue sigilosamente entre los hilos que la ataba. Azar hizo llamada, hablaba de huellas tatuadas, los pasos borrados ya no valían suelo que pisaban. Todo cae por su propio zumbido y el suyo era demasiado estridente para oídos vacunados de espanto. No sabían que el mismo silencio acabaría con ellos cuando su peso cayera sobre juegos de hilos rotos de mancillada utopía. Su fuerza se diluia como azúcar sobre agua ante oleaje de moribundo pueblo, con paciencia en continuo goteo enfurecida de tanta injusticia.

Tumba está preparada.

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