Alambrada

Huyendo de uniformes, escondiendo deseo entre la hierba seca y calculando por donde puedo encontrar libertad, espinas en un lado desalientan ánimo, cuchillos en el otro lado te esperan si regresas.

Agacho cabeza, dejo pasar la luz, ráfagas lentas de sueños que quizás un día consigan flotar.

Levantó mi cabeza, nada importa, aquel vecino molesto, aquella vecina triste y el torpe de mi, aquí, pensando si salto esa puta alambrada, o me dejó morir entre sus dientes.

Agarro lo poco que queda de esperanza y recuerdo el hambre, frío calando huesos y si el reloj dejaría pilas derritiendo sed.

Salto y me agarro al clavo ardiendo, el dolor se filtra en cada músculo de mi cuerpo, siento mis arterias latir con la fuerza de miles de miedos.

Resisto.

Y llego.

Allí la alambrada es mayor y los cuchillos se vuelven guillotinas, el frío se hace eterno y la bondad de aquel pueblo … se pierde entre el deseo de escalar montículos.

Entonces.

Todo lo malo se vuelve bueno y no recuerdo por qué crucé la orilla y me quedo absorta viendo el acantilado romper, si, romper cada ola que asoma a mi cuerpo.

¡Quiero volver!, pero el camino de regreso ha roto sus puentes y sólo quedan los suspiros crujidos en sólo un latido llamada derrota.

Foto de Joan Rodríguez Guindo.

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