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El día que te vi nacer sobre las alas de este ciudad, creí verte volar con alas de cristal.

Miré tu horizonte como si fuera el final de un infinito caminar, ronde con pensamiento las burbujas de mi piel para recordarte formando parte de él.

El día después de verte morir, me fui despacio con la rabia de haber sentido al otro lado, lejos de miles de copas que chocaban relámpagos.

Calenté taza de ausencia y revolví con presura los pasos dados al borde de su nata, moldeé con mis ojos y acerqué tostada de latido a esta soledad de suspiro.

Ese día, el sol volvió a nacer como el día que alas de cristal se rompieron en mil edades sin altar en las lentas huellas.

Decidí enterrar las palabras de tu boca amontonadas en el lienzo de este cuento, había arrancado tus páginas , ahora eran ellas … las que volaban.