Luciérnaga dormida

Me pides que coja la luna, que la repose en mirar con la delicadeza del despertar, sonríes y me dices si erro en poder recoger su luz con sólo un sentir.

Te miro desde la oscuridad, sin entender porque es necesario que abrace la luz que ilumina las frías noches, y la contemplo, escondida y asustada de ver mil intenciones en un verso.

Puedo dibujarte silueta, contarte formas al oído e insinuarte un verso en cada paso para llegar a tu corazón y construir amor sin contención, libre envergadura en la altura.

La luna ya no teme que robe encantos en la pasión del derroche ni que deje vacía la noche entre los aullidos del cielo, gira ojos y dormita amanecer entre estrellas sin duende.

La realidad tomó sentimiento y se hizo dueña de toda las intenciones de aquella petición arrojada a los vientos de una luciérnaga dormida.

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