Acoso

Me siento desvalida ante los pies de la confianza. Piedras caen sobre el camino y las huellas persiguen destino.

Mi vientre grita auxilio, niega ojos de víboras atravesando la gran red del sosiego.

Aquí, en la isla de las historias veo resoplar al futuro, el miedo recorre mis calles y vigilo las espaldas de miradas acechantes.

Esquivo esas calles de mi juventud y busco entre el gentío el paso del dolor caminando sin zapatos, abrazando heridas.

Tengo miedo de amordazada voz y el acoso entre teléfonos, eso sí, con llamada al derribo.

Levanto vista del papiro y enlazo la lucha con el derecho a vivir libre, sin acoso, bajo cuatro paredes o el mismo Infierno.

Escuche bien alto, no cesará el aullido de la loba cuando la luna ha sido testigo de la tormenta desatada.

Bailaré sobre el alud de su ventana entre rejas de miles de motivos agazapados en derroche de disfraz, ahora, arruinado.

Yo, poeta, he sido víctima del acoso. Este poema ha nacido de comportamientos humanos de género masculino, sus acciones demuestran quiénes son. El tiempo les dará su lección. Ningún hombre, ninguna mujer con acoso.

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