Luciérnaga

Cae la noche, niebla ciega luciérnagas y sólo se escucha el temblor de una alas agitadas.

Cristales miran y sólo un resplandor aparece cuando el silencio adormece en la cuna del viento.

Cansadas de cedido brillo, se esconden tras las flores del bosque y en aromas sueñan con otros cielos más limpios de reproches.

Al caer párpados se dejan abrazar por aquello resguardado tras negra túnica de la Primavera olvidada.

Se han ido los candados detrás de las llaves, tras las cerraduras de algunas puerta despistada en cuatro paredes aburridas.

No saben los animales del bosque que están en Cuarentena y que deben exigir un ere al ser humano por abandono obligado.

Desconocen multas por saltar embalse y bañarse desnudas bajo la luz de cuerpos ahora latentes en la letanía de perfectas formas.

Tampoco pueden amarse, ni atacarse sin previo análisis de las fauces de sus secas bocas.

Al final todxs somos unx y esx unx no es para todxs.

Después de todo, el ser animal se adapta mejor a este virus mortal, la voracidad de ojos sobre papel tintado de enojo pierde batalla.

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