Sal

Lluvia débil sobre pasos

ahonda niebla en la montaña

rugen los troncos

del dorso de una mirada.

El silencio recorre

el surco de su espalda

seca el sudor

de una noche agazapada.

Aúlla el viento

en mi ventana,

cubriendo toda

fría mañana.

Despierta gris mirada

sobre el cenit

de los arañazos

de soledad improvisada.

Maduro instinto

solitario de vuelos

en las alas de una gaviota

hambrienta de sed.

Tengo agujetas

de haber escapado

hidrógeno en intento

respirando desaliento.

Verdes manos

tatúan piel

aún el aroma

permanece en él.

A qué huele el amor después de haber arrasado colchón, a qué huele la vida nada más nacer con prisa, a qué huele la vida después de la lluvia. El mar cubría su piel… aún recuerdo el olor.

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