El umbral

¿Puede el agotamiento beberse todas las reservas de vida y apagar la luz de una tarde de verano hasta hacerla negra como la misma noche?.

¿Verter el resto de un vaso y verlo caer acantilado abajo sabiendo que nunca más volverás a sentir el sabor de su sed por más que la esperanza se revuelva en tu pararrayos?.

El viento podría traer la memoria para dejar los sobres cerrados y no abrirlos buscando algo que nunca estará entre las líneas borradas de lo no dicho.

Quizás las voces de los ecos se escondan con talento entre las señales que no se ven y que deberían contarte lo errado en aquella orilla ya olvidada.

El dolor de la guerra, las fauces del hambre entre capas de cebolla, olvidamos lo equivocado y seguimos cometiendo el mismo error como si nunca hubiera acierto entre las nieblas que nos atrapan.

Debo cortar la fina línea que me ata a la mediocridad del deseo y dejarme rendir a las lágrimas del mundo, irme lejos de aquí, esconderme en algún océano con los silbidos de delfines sin dueños.

Sin embargo, sigo al pie del cañón con la antorcha encendida, algo me dice que las heridas no curadas volverán a sangrar y el odio de nuevo nos matará entre bolas de motivos.

Oigo afuera la utopía de unos gritos que crecerán y dejarán de reír entre las hierbas de una Primavera, algo me dice que ya no son quiénes eran…

No los culpo, como decirles que ya no soy quien era y que la confianza en el ser humano se pierde tras los aplausos ya no dados, tras el apoyo incondicional reventado y tras la razón sin razón.

Quizás es hora de decisiones, creo que las nieves han llegado antes de haber vivido el verano, demasiado tiempo perdido, la mitad olvidado, lo negado ya no importa y empiezo a entender qué nunca debí cruzar el umbral.

Hojas secas quemadas por la vida siguen en pie, así veo mi país con hojas secas intentando volverse verdes y hojas verdes secándose en la espera. Pueblo contra pueblo, así veo el mundo que me rodea.

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