El garaje

En mi garaje, hay un concurso de belleza, los mejores asientos de cuero se suben al escenario y desfilan carrocerías rugiendo motores.

A veces, sus perros elevan cuello, los sacan a pasear y recorren las líneas manchadas por el aceite del antiguo sueño, ahora en el desguace viven sus restos llorando pasado.

En mi garaje, cada día compiten para ver quién salta las líneas de la plaza y adquieren más vida automática ofreciendo pleitesia, tocando mismo techo que un día un cassette pintó de libertad.

Al fondo, la belleza duerme entre grandezas. El silencio ilumina fila repleta de delicada simpleza, mira y encoge puertas para no rayar los focos estelares que le despiertan cada madrugada.

En mi garaje, hay una exhibición de estatus, yo sigo confiando en pequeño sueño sin grandes envolturas, miro aquel coche con la certeza de que pronto él y yo seremos uno, recambios.

Ambos envejecemos deprisa, demasiado deprisa y seguimos escuchando Dire Straits en el eco de una cinta, en un pasado que se niega a ser desechado.

Los perros vuelven, sigo aquí mirando techo, escondida tras carrocería viendo con tristeza pesadas etiquetas ancladas a cuerpo.

Es un garaje, como otros, son dominados como tantos y alguna especie en extinción con nostalgia de sencillez, con una cinta en el corazón y la gasolina en el alma.

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