La manzana de Newton

En la orilla de la muralla se desvanecen los sueños, caen los lamentos entre los muros del mañana.

Bordeando la comisura seca, ni besos en boca, ni sexo en cuerpo, todo muerto en un latido que no respondía.

Los astros alinean voces, mientras horizonte canta una nana a la madrugada, calma la sed del viento en el susurro del vaivén.

Quería dominar lo indomable, dormitar en la dependencia del grito y ser indispensable para avanzar paso en ansiada vida.

Se equivocó, cada acto graduado en el metro del silencio descosido, mostraba desencanto arrastrándose entre las tormentas.

Era tarde para dejar el rastro en piel, elevar el miembro de lo roto y ascender por los filamentos de las carnes caídas.

Boca se ufanaba en el sabor de la juventud, retorcía las sábanas en curvas, toda la noche bajo el abrazo del deseo sació hambre.

Creía construir un capítulo, sin pasar del primer párrafo, se perdió entre la gravedad de su altivo cuerpo, caía como la manzana de Newton.

Al tocar suelo se desvanecía.

Nunca supo asumirlo.

Asumir los tiempos con la dignidad de los cielos. La edades de la vida tienen sus nubes.

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