El príncipe

Ofreció manos vestidas de polvo y tomé las cenizas sin pensar en cómo fueron quemadas.

Sumisa de restos paseé los años desde un balcón pensando en que eso era futuro.

¿ Cómo podría resistir mantener mis cenizas a salvo?.

Caminé descalza sobre el tiempo, me dejé engañar por risas en un portal sin pensar en los cimientos que se caían por el acantilado del mañana.

Arrastrando las edades… probé los manjares de la noche y me surtí de remordimientos al día después.

Así pasé parte de la vida, hasta que derrapé delante de un espejo, mire reflejo y me pregunté,

¡ ey! ,

¿ quién eres?.

Días de agujetas, pensamientos tras la cenas, al despertar giré mi cuerpo y ya no reconocí lo que en mi aliento moraba.

No recordaba besos olvidados, la muerte asomó a mis ojos y me dijo silencio … tienes fecha de caducidad

y te vas a morir sin saber donde debiste remar.

La congoja tomó el poder, las fauces querían atarme a una vida muerta y pensé

¿qué hago aquí?,

no nací para morir silencios, no vine a este mundo para ser sometida a la languidez de una estatua buscando siempre el mismo horizonte.

Mustias flores se agarraron a la tierra que las acogía, arrancaron la invasión de raíces y volaron con el viento hacia la lluvia.

Dejé cuerpo acariciar en el amanecer sin el príncipe en mi boca, se había esfumado el sueño tras fallido reinado.

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