Máquina de escribir

No tenía máquina de escribir que recordar en mis manos, una ajena máquina en la casa de crianza me lo recuerda y una voz diciéndome «no la toques» recorre aquellos pasillos. Cuando nadie veía abría aquella caja y aporreaba las teclas simulando ceñirlas a cada uno de mis dedos. El gesto serio miraba los papeles de la mesa y lo intentaba, aquellos instantes tecleaba sin mirar aquel teclado el aire. Sus teclas flotaban ante mí sin acertar mientras miraba con temor la puerta y ser pillada en aquel delito. No escribí ningún poema, lo viví cuando inocentemente simulaba saber teclear cada una de sus diminutas teclas soñando ser una escritora. Años después, aprendí en mi soledad a escribir con un dedo, memoricé aquellas cimas numéricas y deslizando uno a uno los códigos sin mirar recordaba mis dedos ágiles sobre aquel teclado. La máquina había sido abandonada por su adolescencia, mientras la sigo mirando con curiosidad allí guardada con tanto anhelo y me reconozco empeñándome en memorizar posiciones en mi despistada cabeza. Aquí estoy, sigo tecleando con un dedo esta pantalla veloz sobre cada una de las letras, me deslizo como si aquel teclado volviera a estar en estas manos ahora grandes. Escribo callando voz clamando reino, ya no se escucha en mi cabaña ni siquiera aquel eco. Ahora oigo otras voces que incitan a que no escriba, vuelvo a hurtadillas a abrir aquella máquina en pensamiento y bailo entre las letras gigantes que se colocan en la tabla de mi teclado, muevo pieza juntando letras. Ya no escucho voces, el ruido se apaga, mi invisible máquina canta a su miedo. Amanece, Boudica sonríe, no existe nadie que pueda romper camino.

La vida continúa con o sin máquina.

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